La distorsión mental de las drogas, por un adicto en recuperación

adiccion a las drogas

El problema de una adicción a las drogas no es solo los daños que ocasiona en el propio cuerpo, en el entorno, en la familia y amigos, en el trabajo, o en las relaciones sociales, sino en la mente, en la forma de percibir el mundo.

Todas las adicciones traen consigo un lavado de cerebro que borra o difumina aquello que nos pueda alejar de consumir. Por el contrario, potencia todo lo que nos lleva a hacerlo. Se presenta como la panacea universal de todos los males; cura la depresión, la ansiedad, la falta de autoestima, el aburrimiento, etc.

Pero nada más lejos de la realidad. Lo que consiguen las adicciones, ya sean con sustancia o sin sustancia, es, precisamente, la pérdida del sentido de la realidad y una existencia cada vez peor, más mermada por el consumo. Esto provoca que el adicto pierda su vida tal y como la conocía y que los “yo nunca haré esto” pasen a ser realidades de la vida cotidiana.

Si estás leyendo esto, quizá es porque tengas la sospecha de que eres adicto o que alguien de tu entorno pueda serlo. Pregúntate si alguna vez has cumplido un “yo nunca”. Yo, por ejemplo, me reía de unos amigos que se quedaban de empalme un martes y que faltaban al trabajo. Pensaba “míralos, son unos desfasados. A mí nunca me pasaría esto. Yo controlo”. Años después, perdí el trabajo por la suma de muchos martes como ese.

Y es que los imposibles pronto se difuminaron y se transformaron en el camino lógico a seguir. No había alternativa, o sí que la había, pero ya mi mente percibía el mundo como una sombra confusa, donde el bien y el mal, el sentido de la obligación, se escondía tras los labios venenosos de la adicción.

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Y es que, con una mente emponzoñada por el consumo de diversas sustancias, es muy difícil valorar lo que ofrece la vida. Sin ser consciente, los valores y prioridades van cambiando en un juego de tronos sobre el que se alza siempre la adicción, salvo que se le ponga remedio.

Parejas, familia, trabajo, amigos, dinero, todo murió en pos de aquello que me evocaba una realidad muy distinta a la que estaba viviendo. Perdí todo por aquella panacea mágica que todo lo curaba y todo lo mejoraba. Y era incapaz de verlo. Me creía mis propias mentiras. Y todos los días me saltaba unos cuantos “yo nunca”.

El más importante fue: “Yo nunca me quedaré solo, tengo amigos, tengo droga”. Y también se cumplió. Ahora, años después, soy capaz de apreciar lo ridículo que era mi pensamiento, lo inverosímil, pero la adicción tiene ese poder. Y cuánto más te dejes a su merced, más tiempo dispondrá para hacer una sombra de ti.

Ahora, cuando veo a gente que entra en sus primeras terapias, pienso en cómo yo podía estar tan ciego. Pero es lo que tienen las adicciones, que son capaces de retorcer hasta la mente más firme. Son capaces de hacerte cruzar las barreras más férreas una y otra vez. Y cada vez que las cruzas, el siguiente paso se hace más pequeño. Así hasta renunciar a quién eres.

Pero siempre hay una solución. Si crees que tienes un problema de adicción, busca ayuda. No te avergüences por ello. Cuánto antes te pongas en tratamiento, antes podrás ver la bruma que se había asentado en tu mente y vivir una vida plena siendo tú mismo, no lo que las drogas consiguen que, al final, cortan a todos por un mismo patrón.

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